EL DÍA DE LA BESTIA (1995)
Cuando El día de la bestia irrumpió en las pantallas españolas en 1995, el público asistió a una conmoción estética y emocional que desconcertó incluso a quienes estaban acostumbrados al cine atrevido de la época. La película de Álex de la Iglesia, lejos de limitarse a ser una comedia negra o un film de terror posmoderno, se reveló como una obra inclasificable que rompía con cualquier etiqueta preexistente y, al hacerlo, inauguraba una forma nueva de entender el género en España. Desde su primera secuencia —ese sacerdote decidido a cometer “todo el mal posible” para detener la llegada del Anticristo—, la película establece un pacto con el espectador basado en la audacia absoluta: ningún camino narrativo quedará vedado, ninguna mezcla de tonos será considerada excesiva y ningún límite será tan rígido como para impedir que la historia avance con la fuerza de un torbellino. En ese gesto inicial se condensa la esencia del film: un relato donde la blasfemia se combina con la ternura, donde el apocalipsis convive con la comedia urbana y donde la tradición católica española —tan omnipresente en la cultura popular— es revisada y deformada a través de un prisma irreverente y febril.
La España de mediados de los noventa, aún marcada por la resaca emocional de la Transición y por la convivencia contradictoria entre la modernidad luminosa de las grandes ciudades y los restos persistentes de una moral católica profundamente arraigada, se convierte en escenario perfecto para esta historia delirante. El día de la bestia emerge como un espejo deformante de ese país en plena mutación, un país donde los centros comerciales comienzan a sustituir las plazas, donde los escaparates luminosos conviven con las sombras de una tradición que se resiste a desaparecer, y donde la televisión generalista adquiere una fuerza casi sacerdotal. Álex de la Iglesia, consciente de esa transformación acelerada, utiliza la iconografía del cine fantástico y del horror moderno para retratar el caos emocional y cultural de una sociedad que se asoma al nuevo milenio con una mezcla de vértigo, ironía y desencanto.
La película encuentra en Madrid una topografía ideal para desplegar su imaginación desbordada. Las calles nocturnas, los neones parpadeantes, los edificios imponentes y las zonas degradadas se integran en un paisaje urbano que parece vivir en el borde del colapso. La ciudad se convierte en un organismo gigante, saturado de ruido y movimiento, donde es posible creer —aunque sea por un instante— que el nacimiento del Anticristo podría producirse en cualquier esquina. Madrid, filmada como un escenario de pesadilla tragicómica, es protagonista tanto como el padre Ángel Berriartúa, ese sacerdote obsesionado con descifrar el Apocalipsis de San Juan; tanto como ese vendedor de discos de heavy metal llamado José María, cuyas contradicciones emocionales lo convierten en el personaje más humano de todos; tanto como ese showman televisivo, Cavan, símbolo perfecto de una sociedad que ha sustituido el misterio religioso por el espectáculo narcisista.
Desde su estreno, El día de la bestia fue percibida no solo como una obra explosiva, sino también como un hito fundacional. Su audacia estética, su capacidad para mezclar géneros tradicionalmente incompatibles —el terror, la farsa, la acción, la sátira social— y su mirada irreverente hacia los mitos culturales españoles situaron a Álex de la Iglesia como una de las voces más singulares del cine europeo contemporáneo. La película anunciaba que el cine fantástico español podía aspirar a un imaginario propio, profundamente enraizado en la cultura local y, al mismo tiempo, totalmente universal en su resonancia emocional. Esa mezcla de lo grotesco y lo sublime, de lo cómico y lo oscuro, de lo popular y lo sofisticado, confiere al film una identidad única que lo separa de cualquier antecedente directo y lo aproxima, más bien, a la tradición del esperpento literario, reinterpretado aquí a través del lenguaje frenético del cine moderno.
Pero más allá de su desbordante energía narrativa y de su brillantez formal, El día de la bestia encierra una reflexión profunda sobre la fe, la culpa y la identidad contemporánea. El padre Ángel, lejos de ser una figura caricaturesca, encarna la desesperación espiritual de un hombre que intenta impedir una tragedia que solo él parece percibir. Su decisión de abrazar el mal con el fin de combatir un mal mayor constituye una de las paradojas morales más audaces planteadas por el cine español. Esa torsión ética, tratada con un humor negro que no diluye su seriedad, convierte la película en una exploración inquietante sobre los límites del sacrificio y sobre la fragilidad de las convicciones en un mundo que se mueve a una velocidad imposible.
La fuerza emocional y simbólica del film reside, en última instancia, en su capacidad para articular una visión apocalíptica del presente. El Apocalipsis no se presenta como un evento sobrenatural reservado a un tiempo remoto, sino como una posibilidad que late bajo la superficie de la vida cotidiana. El caos urbano, la violencia irracional, la manipulación mediática, la crisis de la fe y la degradación de los vínculos humanos se combinan para construir la idea de que el fin del mundo puede confundirse con el estado habitual de nuestra existencia. En ese sentido, El día de la bestia no es solo una sátira delirante: es un retrato afilado de una sociedad que se precipita hacia una incertidumbre radical sin saber si ese vértigo procede de un demonio ancestral o de una modernidad sin freno.
El padre Ángel Berriartúa, sacerdote vasco de carácter reservado y convicciones férreas, cree haber descifrado finalmente la clave oculta del Apocalipsis de San Juan. Tras años de estudio obsesivo dedicados a la numerología bíblica y a las profecías que vinculan la caída del mundo con la llegada de un nuevo mesías diabólico, llega a una conclusión tan aterradora como irreversible: el Anticristo nacerá en Madrid antes de que termine el año. Esa certeza, lejos de producir en él una parálisis espiritual, lo empuja hacia una decisión extrema y profundamente contradictoria: para acercarse al nacimiento del demonio y detenerlo, debe convertirse en pecador absoluto. Así comienza un itinerario moral desconcertante, donde cada acción, por muy reprobable que sea, nace de una intención desesperadamente luminosa.
El sacerdote llega a la capital con un plan tan simple en su formulación como delirante en su ejecución: cometer todos los pecados posibles, sumergirse en el mal cotidiano, disolver su identidad en la violencia urbana para poder engañar al propio demonio y aproximarse a él sin levantar sospechas. En su primer trayecto por la ciudad ya se evidencia la tensión entre la inocencia vocacional del personaje y la brutalidad de las decisiones que adopta. Apenas llega a Madrid, roba dinero a un mendigo moribundo, participa en actos de vandalismo y provoca accidentes menores con una serenidad que revela su convicción absoluta. No se trata de humor negro gratificante, sino de la constatación de una caída espiritual que se produce, paradójicamente, en nombre del bien.
La noche avanza y el padre Ángel se cruza con José María, empleado de una tienda de discos especializada en heavy metal, joven impulsivo y entrañable que vive atrapado entre una vida doméstica agobiante y una identidad personal marcada por su devoción hacia la estética satánica del rock. José María, lejos de ser una caricatura del universo metalero, se presenta como un muchacho sincero, apasionado y profundamente leal. Su encuentro con el sacerdote —marcado por la sorpresa inicial y una inmediata disposición a ayudarle— establece uno de los ejes emocionales más poderosos de la película: la alianza improbable entre un cura que intenta pecar para salvar el mundo y un joven que se siente atraído por la iconografía del mal, pero que posee un corazón genuinamente bondadoso.
A partir de ese momento, ambos emprenden una búsqueda frenética para localizar el lugar exacto donde nacerá el Anticristo. Sus pasos los llevan hasta la figura mediática del profesor Cavan, un presentador televisivo que dirige un programa sensacionalista sobre ocultismo y fenómenos paranormales. Cavan, mezcla de showman narcisista y farsante oportunista, domina a la perfección las reglas del espectáculo, pero desconoce por completo la seriedad de los temas que explota. El sacerdote, convencido de que el presentador puede proporcionarle claves sobre cómo invocar o detectar presencias diabólicas, irrumpe en su mundo con una demanda que desborda incluso los límites del sensacionalismo televisivo.
La alianza entre el sacerdote, el joven heavy y el charlatán televisivo constituye una de las configuraciones más extravagantes y emocionantes del cine español reciente. Sin embargo, su unión no se produce por afinidad ideológica ni por afinidad emocional, sino porque cada uno de ellos, a su manera, está atrapado en una búsqueda personal que lo supera. El sacerdote necesita un guía en lo oscuro, José María busca una causa que dé sentido a su vida y Cavan, aun sin saberlo, necesita enfrentarse a su propia impostura. A partir de esa reunión improbable, la historia se precipita hacia una sucesión de episodios que combinan la sátira, la violencia, la confusión moral y el vértigo emocional.
Para lograr un contacto con el demonio, los protagonistas recurren a un ritual improvisado que requiere sangre humana. El sacrificio accidental del cabrero —episodio donde lo grotesco se mezcla con una tristeza profunda— marca uno de los puntos más oscuros del itinerario espiritual del sacerdote. Ese acto, que en otras manos habría sido presentado como una simple farsa, se convierte en un momento decisivo que revela la gravedad moral del camino emprendido. La noche continúa avanzando como un torbellino de luces, errores y revelaciones: persecuciones policiales, incendios accidentales, visiones apocalípticas y encuentros con una banda neonazi que representa el fanatismo más brutal y contemporáneo.
La escalada de caos conduce finalmente a las Torres KIO, esos símbolos arquitectónicos de la modernidad madrileña que aquí adquieren un carácter ominoso. El sacerdote comprende que el Anticristo no nacerá en un pesebre ni en una cripta antigua, sino en el corazón del capitalismo emergente, en un espacio vertical donde el poder financiero y la lógica especulativa han reemplazado cualquier rastro de espiritualidad. Allí, atrapados en un edificio inclinado que parece desafiar las leyes de la física y de la moral, los protagonistas deben enfrentarse al nacimiento del mal.
El desenlace, cargado de ambigüedad moral y emocional, combina tragedia y revelación. José María cae víctima de las fuerzas violentas que intentaba combatir, convirtiéndose en mártir involuntario de una lucha que no comprendía del todo, pero que abrazó con una lealtad absoluta. El sacerdote, agotado y herido, consigue frustrar el plan apocalíptico, pero el precio emocional es devastador. Cavan, marcado por lo ocurrido, experimenta una transformación que apunta más al miedo que a la comprensión. La ciudad amanece sin saber que ha estado a punto de desaparecer, y el sacerdote y su compañero superviviente vagan por las calles como figuras derrotadas que han salvado el mundo sin que nadie se dé cuenta.
Ese amanecer gris sobre una ciudad indiferente constituye uno de los epílogos más desoladores del cine español contemporáneo. El padre Ángel ha cumplido su misión, pero ha perdido casi todo aquello que lo conectaba con su fe, con su humanidad y con la claridad moral que guiaba su vida. La película concluye así con una mezcla compleja de ironía, melancolía y lucidez: el mundo sigue adelante como si nada hubiese ocurrido, mientras aquellos que salvaron a la humanidad sobreviven en los márgenes, convertidos en figuras invisibles en una ciudad que nunca sabrá lo cerca que estuvo del Apocalipsis.
La producción de El día de la bestia constituye uno de los episodios más decisivos en la consolidación de un nuevo imaginario dentro del cine español de los noventa, un periodo en el que los cineastas del país comenzaban a liberarse de las restricciones temáticas y estilísticas que habían marcado décadas anteriores. La película surgió en un contexto de transformación profunda: la industria intentaba encontrar un equilibrio entre la herencia cultural tradicional, las nuevas influencias del audiovisual globalizado y un público que reclamaba narrativas más audaces. Álex de la Iglesia, que ya había sorprendido con Acción mutante (1993), llegó a este proyecto con la intención de explorar un territorio mucho más amplio, donde la energía descarnada del cine fantástico pudiera dialogar con la sátira social y con el humor negro característico de la cultura española de finales de siglo.
Desde su concepción inicial, el proyecto fue una apuesta arriesgada. Combinaba elementos que, en teoría, pertenecían a universos incompatibles: la teología apocalíptica, la comedia costumbrista, la acción urbana y la imaginería del terror contemporáneo. Sin embargo, para Álex de la Iglesia y su coguionista Jorge Guerricaechevarría, esa mezcla no suponía un obstáculo, sino la esencia misma del film. Ambos compartían la convicción de que España necesitaba una película capaz de apropiarse de los códigos del cine de género internacional sin renunciar a su idiosincrasia propia. Querían hacer un film que pudiera dialogar con el terror estadounidense de los ochenta, con la irreverencia británica de series como The Young Ones, con el expresionismo gótico de Mario Bava e incluso con la tradición blasfema de la literatura española del Barroco. Esa mezcla ecléctica debía materializarse en una narrativa tan vertiginosa como emocionalmente sólida.
Uno de los grandes desafíos de la producción fue su financiación. El cine de género seguía siendo visto por la industria española como un terreno arriesgado, más aún si se trataba de un proyecto que combinaba el Apocalipsis con la comedia y la crítica social. La participación de Iberoamericana Films y Sogetel permitió consolidar un presupuesto suficientemente ambicioso para recrear una Madrid nocturna y caótica, capaz de funcionar tanto como escenario realista como como paisaje simbólico. La película exigía una presencia extensa de efectos especiales, persecuciones, especialistas, escenarios urbanos complejos y una imaginería diabólica que debía resultar creíble dentro del tono delirante del film. El presupuesto, aunque lejano a las cifras de Hollywood, se convirtió en uno de los más altos del cine español de la década para una producción de género.
El casting fue otro elemento fundamental en la construcción del film. Álex Angulo, con su mirada vulnerable y su capacidad para transmitir una mezcla de ingenuidad y obstinación, fue escogido para interpretar al padre Ángel Berriartúa. Su presencia otorgaba al personaje una humanidad profunda que equilibraba la extravagancia narrativa. Santiago Segura, por su parte, encontró en José María uno de los papeles que definirían para siempre su imagen cinematográfica. Su interpretación logró que un personaje aparentemente marginal —un joven heavy atrapado en un entorno familiar opresivo— adquiriera un peso emocional inesperado. Alex de la Iglesia supo captar en Segura una energía desbordante que conectaba con el humor físico, la ternura emocional y la angustia existencial. Finalmente, Armando De Razza aportó al personaje del profesor Cavan una mezcla de histrionismo cómico y cinismo mediático que convertía su figura en crítica ácida del espectáculo televisivo.
La construcción del universo visual de la película implicó un trabajo meticuloso de diseño de producción. El equipo liderado por José Luis Arrizabalaga y Biaffra optó por una estética que combinaba el realismo sucio de la ciudad contemporánea con excesos visuales cercanos al cómic. Madrid debía parecer real, pero también debía parecer al borde del colapso espiritual; debía ser reconocible, pero también debía transformarse en un espacio simbólico donde lo cotidiano se mezclara con lo sobrenatural. Las localizaciones fueron escogidas con el objetivo de plasmar esa dualidad. Lavapiés, el viaducto de Segovia, los alrededores de Callao, el metro y las Torres KIO fueron filmados como lugares cargados de tensión, impregnados de un caos latente que podía estallar en cualquier momento. La ciudad adquirió así una energía inquietante, casi demoníaca, donde cada sombra parecía insinuar un peligro inminente.
Uno de los aspectos técnicos más complejos fue la recreación de los efectos especiales. Aunque el presupuesto era limitado en comparación con las producciones estadounidenses, el equipo de FX logró soluciones de gran imaginación. Las escenas que combinaban fuego real, explosiones controladas, prótesis demoníacas y maquetas urbanas fueron diseñadas minuciosamente para evitar la sensación de artificio. De la Iglesia insistía en que el impacto visual debía surgir de una mezcla entre lo físico y lo simbólico: los efectos especiales debían insertarse en un universo visual coherente y no convertirse en el centro del espectáculo. El trabajo de maquillaje y caracterización, especialmente en lo relativo a los villanos neonazis y a las presencias demoníacas, contribuyó a reforzar la estética grotesca del film.
El rodaje, desarrollado principalmente en Madrid durante meses de noches intensas, fue especialmente exigente. Álex de la Iglesia buscaba capturar una ciudad respirando su ansiedad nocturna, una ciudad golpeada por el frío, la lluvia, las luces intermitentes y el bullicio incesante. El equipo trabajó con horarios extremos y con condiciones que, en muchas ocasiones, pusieron a prueba la resistencia física de todos los implicados. Sin embargo, esa dureza se trasladó a la película como un valor estético: cada plano nocturno transmite una sensación de urgencia que difícilmente podría haberse conseguido en un rodaje controlado en estudio. La textura visual del film —granular, nerviosa, saturada de sombras— responde precisamente a ese proceso de inmersión en la ciudad real.
El diseño sonoro también desempeñó un papel esencial. La banda sonora de Battista Lena, con sus tonos jazzy y sus rupturas inesperadas, se combinó con el ruido urbano para crear un ambiente musical que oscilaba entre la comedia, el thriller y el horror. El sonido de la ciudad —sirenas, motocicletas, pasos, televisores encendidos, gritos de madrugada— se convirtió en acompañamiento emocional de los personajes, reforzando la sensación de que lo apocalíptico no es un acontecimiento aislado, sino una presencia que late en el paisaje cotidiano.
Finalmente, el montaje, a cargo de Teresa Font, otorgó al film su ritmo vertiginoso. La película avanza con una energía que nunca decae y que combina la urgencia narrativa con momentos de pausa emocional. La alternancia entre humor, tensión, acción y melancolía se articula mediante un montaje que evita cualquier solución previsible, pero que mantiene siempre la cohesión emocional del relato. Ese ritmo —que en manos menos hábiles podría haber resultado caótico— se convierte en uno de los grandes logros de la película.
La producción de El día de la bestia fue, en suma, un proceso de riesgo creativo sostenido por una visión estética firme. Todo en la película —desde su concepción argumental hasta su diseño visual, desde las interpretaciones hasta los efectos especiales— está al servicio de un universo que mezcla lo cotidiano con lo apocalíptico. Esa conjunción entre audacia formal, identidad cultural y profundidad emocional explica por qué la película ha perdurado como una de las obras más influyentes del cine español contemporáneo.
El día de la bestia se despliega como una obra que no solo mezcla géneros, sino que hace del mestizaje estilístico su propio manifiesto poético. Lo que podría haber sido una parodia irreverente, un thriller sobrenatural o una comedia negra urbana se convierte, en manos de Álex de la Iglesia, en un examen feroz y lúcido de la identidad española contemporánea. La película utiliza los códigos del terror y del fantástico no para alejarse de la realidad, sino para iluminarla desde una perspectiva deformada que revela sus grietas, sus pulsiones y sus contradicciones más hondas. Su humor, aunque explosivo y en ocasiones grotesco, nunca se reduce a un ejercicio de burla vacía: funciona como herramienta crítica que rasga la superficie de un país donde la modernidad convive con una espiritualidad desorientada y donde la fe se mezcla con la superstición, la violencia urbana, la desesperación individual y la cultura televisiva del espectáculo.
En el corazón de la película se encuentra la figura del padre Ángel Berriartúa, un protagonista que encarna todas las paradojas del film. Es un sacerdote de convicciones absolutas, pero su modo de actuar es un desafío permanente a cualquier ortodoxia moral; es un hombre de fe profunda, pero su fe lo empuja a sumergirse en el mal; posee una pureza de intención que convive con una capacidad asombrosa para cometer actos terribles. Su viaje nocturno por Madrid no es solo una aventura apocalíptica, sino también una exploración de los límites éticos del sacrificio y de la fragilidad humana ante el terror de lo desconocido. El sacerdote se convierte así en un antihéroe profundamente contemporáneo: alguien que actúa movido por el pánico y la desesperación tanto como por la esperanza, alguien que se enfrenta al caos con una mezcla de lucidez y ceguera emocional.
La presencia de José María aporta al film una dimensión emocional que equilibra la rigidez del sacerdote. José María es una figura que podría haber caído en la caricatura —el heavy metalero apasionado y torpe, atrapado en un hogar opresivo y dominado por una madre que vigilante—, pero de la Iglesia y Santiago Segura lo convierten en un personaje de enorme autenticidad. En él conviven la ternura, la brutalidad impulsiva, el humor físico y una lealtad absoluta que, lejos de ser ingenua, nace de su necesidad de encontrar un lugar en el mundo. Su relación con el padre Ángel constituye uno de los binomios más inusuales del cine español: no es una alianza basada en afinidades ideológicas, sino en un reconocimiento intuitivo de la vulnerabilidad del otro. En José María se manifiesta una humanidad sin doblez, un deseo desesperado de significar algo en un universo que parece no ofrecerle ninguna posibilidad de dignidad. Por eso su muerte al final de la película adquiere una dimensión trágica que trasciende cualquier parodia: es la caída de un personaje cuya bondad, en última instancia, era la única defensa real contra el caos.
Si el padre Ángel representa la fe en su versión más obsesiva y José María encarna la energía humana más visceral, Cavan simboliza la superficialidad contemporánea, ese vacío emocional que se oculta bajo el espectáculo mediático. Su programa televisivo, mezcla de sensacionalismo barato y falsa erudición, funciona como crítica directa a un sistema que trivializa lo sagrado, lo demoníaco y lo humano en nombre de la audiencia. Cavan es un impostor brillante, alguien que vive rodeado de signos religiosos pero que ha perdido cualquier vínculo verdadero con lo trascendente. Su presencia en la película, lejos de ser un simple recurso cómico, ofrece una lectura inquietante sobre el papel de los medios en la configuración de la experiencia moderna. El film sugiere que, en una sociedad dominada por lo audiovisual, el espectáculo ha sustituido a la fe como vehículo de significado, y que la mentira espectacular se ha convertido en nueva forma de verdad colectiva.
La ciudad de Madrid, filmada como un organismo nocturno, hostil y fascinante, es quizá el personaje más poderoso de la película. Cada calle, cada túnel, cada edificio se convierte en extensión física del caos espiritual que atenaza a los protagonistas. La ciudad encarna el Apocalipsis no como evento sobrenatural, sino como estado emocional permanente. Es una urbe que respira violencia latente y desesperación cotidiana, donde el tráfico se convierte en tormenta infernal, donde las luces de neón producen una belleza venenosamente artificial, donde los transeúntes parecen desplazarse sin rumbo en una coreografía de soledad urbana. En ese sentido, la visión de Álex de la Iglesia anticipa muchas de las tendencias del cine contemporáneo que utilizan la ciudad como metáfora de la alienación posmoderna. Madrid aparece aquí como un espacio en el que lo sagrado y lo profano conviven sin mezclarse, donde la religión ha perdido capacidad para organizar el sentido del mundo, pero sigue generando sombras potentes que impregnan la vida cotidiana.
El uso del humor negro es uno de los pilares del film y uno de los elementos que más contribuyen a su identidad irrepetible. Sin embargo, ese humor no se construye a partir de la burla simple, sino de la exageración grotesca de elementos profundamente reales. La violencia, la torpeza humana, el desastre cotidiano, la miseria urbana y la superstición se combinan en escenas que generan risa y angustia simultáneas. La película es consciente de que el humor es, a menudo, la única vía para abordar lo insoportable, y por eso lo utiliza como herramienta que ilumina la oscuridad sin neutralizarla. En este sentido, El día de la bestia se inscribe en la tradición del esperpento, donde lo grotesco se utiliza para revelar la verdad moral que no puede ser expresada de forma directa.
La secuencia de las Torres KIO es uno de los momentos más logrados del film y funciona como clímax simbólico: la inclinación física del edificio se convierte en metáfora de un mundo que ha perdido su centro moral. La arquitectura moderna, lejos de representar progreso o estabilidad, aparece como estructura inestable donde puede culminar el nacimiento del mal. Ese desplazamiento del icono religioso al icono urbano es una de las ideas estéticas más poderosas de la película: el Anticristo no nace en un lugar sagrado, sino en un símbolo de poder financiero. Es la imagen perfecta de un Apocalipsis adaptado al lenguaje del capitalismo tardío.
Por debajo de la explosión estética y del vértigo humorístico, el film plantea una reflexión profunda sobre la pérdida de sentido en la sociedad contemporánea. La idea de que el Apocalipsis está cerca se convierte en metáfora del miedo difuso que acompaña a la vida moderna: miedo a la violencia, a la soledad, a la pérdida de control, a la irrelevancia moral. Los personajes actúan como figuras que intentan sostener un orden que hace tiempo ha dejado de existir. La lucha del sacerdote es, por tanto, tanto espiritual como existencial: intenta evitar el fin del mundo, pero también intenta salvarse del abismo interior que se abre bajo sus pies.
La película es, en última instancia, una fábula sobre el caos y la redención, un relato que combina la comicidad delirante con una hondura emocional inesperada. Su grandeza reside en su capacidad para mantener en equilibrio lo grotesco y lo sagrado, la violencia y la ternura, la sátira y la angustia existencial. Pocas obras han logrado capturar con tanta precisión esa mezcla contradictoria que define la vida urbana contemporánea. El día de la bestia no es solo una película sobre un sacerdote que intenta impedir el nacimiento del Anticristo: es una exploración apasionada de lo que significa vivir en un mundo donde lo sagrado y lo ridículo se confunden continuamente, y donde la esperanza, aun cuando parece imposible, sigue siendo necesaria para no caer en el vacío.
La recepción de El día de la bestia en el momento de su estreno fue tan explosiva como la propia película. Desde sus primeras proyecciones, quedó claro que Álex de la Iglesia había creado algo que desbordaba las categorías tradicionales del cine español de la época. El público reaccionó con una mezcla de fascinación, sorpresa y reconocimiento inmediato: la película ofrecía una experiencia visual y emocional que no tenía antecedentes claros dentro de la cinematografía nacional. El tono irreverente, la energía frenética, la mezcla de géneros y la audacia temática conectaron con una generación que veía en la obra un reflejo deformado, pero profundamente certero, de la España que habitaba. Las salas se llenaron de espectadores atraídos por el rumor de que la película era distinta a todo lo anterior, y su éxito comercial confirmó que existía un deseo latente de abrir el cine español a imaginarios más arriesgados.
La crítica, aunque inicialmente desconcertada por la naturaleza híbrida del film, reconoció pronto la fuerza creativa de Álex de la Iglesia. Las reseñas destacaron la originalidad del enfoque, la brillantez visual, la solidez del trío protagonista y la capacidad del director para integrar humor, terror, sátira social y acción sin perder cohesión narrativa. Muchos críticos subrayaron que la película lograba algo extraordinariamente difícil: combinar un ritmo vertiginoso con una profundidad simbólica que invitaba a múltiples lecturas. Algunos la interpretaron como sátira teológica; otros como retrato crítico de la sociedad española de fin de siglo; otros como homenaje punk al cine de género; otros como una reflexión sobre la pérdida de fe y la ansiedad contemporánea. Esa pluralidad de interpretaciones evidenció la riqueza del film, que resistía reducciones simplistas.
El reconocimiento industrial llegó casi de inmediato. La película obtuvo seis nominaciones a los Premios Goya, incluyendo Mejor Película y Mejor Director, y ganó dos galardones decisivos: Mejor Dirección y Mejor Actor Revelación para Santiago Segura, cuya interpretación de José María se convirtió en uno de los grandes iconos cómicos y emocionales del cine español contemporáneo. La victoria de Álex de la Iglesia supuso una reivindicación del cine de género dentro de una industria que tradicionalmente había recelado de él. Muchas voces celebraron el triunfo como el signo definitivo de que el fantástico español, tras décadas de marginación o de culto minoritario, había alcanzado por fin reconocimiento institucional. El éxito de la película abrió camino para otros cineastas que comenzaron a experimentar con el thriller, el terror, la ciencia ficción o la fantasía sin el estigma de ser considerados “cine menor”.
A nivel internacional, El día de la bestia despertó un interés considerable en festivales especializados y en circuitos de cine de culto. Su mezcla de humor negro y estallido apocalíptico resonó en públicos acostumbrados a propuestas más extremas y a cosmologías cinematográficas irreverentes. Críticos franceses, italianos y alemanes destacaron la capacidad de la película para construir un universo propio, donde lo espiritual y lo grotesco convivían en una armonía sorprendente. Algunos autores europeos la relacionaron con el espíritu anárquico del splatter italiano, con la irreverencia británica de los Monty Python y, en ocasiones, con el cine caótico y delirante de Sam Raimi. Sin embargo, todos coincidían en un punto esencial: la película poseía un sello absolutamente personal, profundamente español, que la distinguía de cualquier influencia externa.
La figura del padre Ángel, interpretado por Álex Angulo, fue ampliamente celebrada como una de las creaciones más fascinantes del cine español reciente. Su mezcla de santidad y desesperación, de pureza moral y pecado necesario, de miedo y determinación, lo convirtió en un arquetipo inesperado: un héroe espiritual tragicómico que actuaba movido no por la inspiración divina, sino por el pánico al desastre absoluto. Su rostro cansado, sus gestos inseguros y su firmeza ética bajo el desorden narrativo otorgaron al film una profundidad emocional que trascendía la comedia. La crítica coincidió en que Angulo había logrado un equilibrio casi milagroso entre la seriedad dramática y la comedia absurda.
El impacto cultural de la película se consolidó rápidamente. Numerosos espectadores comenzaron a citar sus diálogos, a imitar escenas emblemáticas y a integrar sus personajes en el imaginario colectivo. José María, con su mezcla de candidez, brutalidad y nobleza, se convirtió en una figura entrañable y trágica cuyo destino final dejó una huella emocional duradera. Su muerte, violenta e injusta, fue considerada por muchos como uno de los momentos más duros del cine español, precisamente porque la película había construido en torno a él un universo afectivo que lo elevaba más allá de la caricatura. Su pérdida añadía a la obra una dimensión triste que sorprendía por su hondura: El día de la bestia, más allá de la comedia apocalíptica, era también una reflexión sobre la fragilidad de la bondad en un mundo dominado por fuerzas que la superan.
Durante los años posteriores, la película fue consolidándose como obra de culto. Las nuevas generaciones la descubrieron no solo como ejemplo de cine audaz, sino como retrato de una época en la que España estaba redefiniendo su identidad cultural y emocional. La obra circuló incesantemente en festivales de cine fantástico, ciclos universitarios, reposiciones en filmotecas y ediciones domésticas que incorporaban análisis críticos. Su lugar dentro del canon del cine español se volvió incuestionable, hasta el punto de ser considerada por muchos como la obra que inauguró la llamada “Edad de Oro del fantástico español moderno”. Su influencia se percibe en cineastas posteriores como Jaume Balagueró, Paco Plaza, Álex Pastor, Nacho Vigalondo o el propio Álex de la Iglesia en sus trabajos posteriores.
Hoy, casi tres décadas después de su estreno, El día de la bestia conserva intacta su energía incendiaria. Su visión del Apocalipsis como síntoma de una sociedad fracturada, su humor corrosivo, su mirada tierna hacia personajes marginales y su crítica feroz al sensacionalismo mediático siguen ofreciendo claves para comprender el presente. La película no ha envejecido: ha mutado, ha crecido, ha adquirido capas nuevas de resonancia. Se ha convertido en espejo de los miedos contemporáneos, en retrato luminoso de una cultura que se mantiene en equilibrio entre la fascinación por el desastre y la esperanza de una redención posible. Y esa permanencia confirma la grandeza de la obra: El día de la bestia no fue un fenómeno pasajero, sino un clásico contemporáneo cuya huella en la historia del cine español es tan profunda como irreversible.
La historia de El día de la bestia está rodeada por un conjunto de anécdotas, decisiones inesperadas, improvisaciones creativas y tensiones productivas que contribuyen a enriquecer la mitología que rodea a la película. Buena parte de su fuerza reside precisamente en ese proceso híbrido entre intuición artística, riesgo técnico y una especie de energía desbordada que parecía acompañar al equipo durante todo el rodaje. Cada detalle, desde la concepción del guion hasta la última noche de filmación en las Torres KIO, encierra una historia que ilumina aspectos esenciales del film y que revela la intensidad emocional y creativa con la que fue construido.
Una de las curiosidades más comentadas es el modo en que Álex de la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría concibieron la idea central del sacerdote que decide entregarse al mal para evitar un mal mayor. Según ambos, la premisa nació en una conversación casi absurda en la que se preguntaban cuál sería la forma más extraña de representar el sacrificio. La imagen del cura robando, insultando y golpeando gente no surgió de un afán provocador gratuito, sino de la necesidad de explorar los límites contradictorios de la fe en términos narrativos. De la Iglesia solía afirmar en entrevistas que la película habla de “un hombre bueno intentando salvar el mundo de la manera más equivocada posible”, y esa frase resume la complejidad moral que atraviesa toda la obra.
El personaje de José María, uno de los más queridos por el público, estuvo a punto de ser interpretado por otro actor. Antes de elegir a Santiago Segura, el director barajó varias opciones, pero ninguna parecía transmitir la mezcla de brutalidad, ternura y comicidad que requería el papel. Fue durante una prueba improvisada, donde Segura enfatizó la ingenuidad emocional de José María sin perder la energía rabiosa del personaje, cuando todos comprendieron que no había otra elección posible. Esa decisión fue determinante no solo para la película, sino también para la carrera posterior del actor, que construyó buena parte de su identidad pública a partir de esa interpretación.
La estética visual del film también generó un conjunto de anécdotas curiosas. Por ejemplo, las calles de Madrid que aparecen vacías a altas horas de la madrugada —una estampa que hoy parece difícil de imaginar— fueron rodadas en horarios extremadamente complicados y con permisos que exigían cortes de tráfico de apenas unos minutos. El equipo debía trabajar con una velocidad casi coreográfica: preparar la escena, colocar las luces, filmar con urgencia y desalojar antes de que la ciudad recuperara su pulso habitual. Esa tensión se traduce en la energía de los planos, que transmiten una sensación de peligro y urgencia que habría sido imposible replicar en estudio.
La secuencia del ritual satánico improvisado en el que el sacerdote, José María y el profesor Cavan intentan contactar con fuerzas demoníacas fue una de las más difíciles del rodaje, no solo por los efectos especiales implicados, sino por la mezcla de humor físico, violencia y tensión dramática que debía funcionar sin fisuras. Durante los ensayos, Álex Angulo insistía en que la escena debía jugarse con absoluta seriedad, porque la comicidad surgiría precisamente del contraste entre la solemnidad improvisada del ritual y la torpeza de los personajes. Esa decisión fue clave para que la escena mantuviera el equilibrio entre humor negro y auténtica inquietud.
La presencia de los neonazis en la película también guarda una historia curiosa e inquietante. El director decidió incluirlos como reflejo de un mal cotidiano, real y terrenal, que convivía con la fantasía apocalíptica del film. La estética del grupo —chaquetas bomber, botas militares, símbolos codificados— fue diseñada con un realismo que sorprendió incluso a la policía durante el rodaje. En una ocasión, un grupo de agentes se acercó alarmado al set creyendo que se trataba de una concentración real. Ese malentendido revela el cuidado con el que el departamento de vestuario y caracterización había trabajado para conferir verosimilitud a los antagonistas humanos del film.
Una de las anécdotas más recordadas del rodaje tiene que ver con las torres KIO. Filmar en un edificio inclinado implicaba desafíos tanto logísticos como visuales. El equipo debió construir plataformas y estructuras que replicaban el ángulo de inclinación para poder rodar algunas escenas interiores. De la Iglesia quería que el espectador sintiera físicamente la inestabilidad del edificio, como si todo el espacio estuviera al borde del colapso. El vértigo y la tensión que transmiten esas secuencias no son fruto únicamente del diseño visual: durante el rodaje, la sensación de estar trabajando en un espacio inclinado era tan real que generaba mareos ocasionales entre el equipo.
El fuego, presente en varias secuencias del film, también dejó anécdotas significativas. En particular, la escena en la que el sacerdote y José María utilizan gasolina para provocar una explosión fue rodada con especialistas y con medidas de seguridad estrictas, pero aun así generó un susto cuando una ráfaga de viento alteró la dirección de las llamas y obligó a detener la filmación. La reacción del equipo, lejos de desanimar a nadie, reforzó la sensación de estar realizando una película donde cada plano implicaba un riesgo físico y emocional.
Una curiosidad especialmente reveladora sobre el tono de la película tiene que ver con el personaje de la madre de José María, una mujer dominante y casi caricaturesca que representa la España doméstica más cerrada y tradicional. Terele Pávez, actriz de temperamento extraordinario, construyó un personaje que combinaba humor, violencia emocional y una humanidad desgarradora. Su presencia elevó el tono del film y añadió una dimensión dramática que equilibra la energía caótica del trío protagonista. De la Iglesia declaró en varias ocasiones que el personaje de la madre era, en realidad, “un demonio doméstico”, tan peligroso simbólicamente como las fuerzas apocalípticas que recorren la película.
Finalmente, uno de los aspectos más intrigantes de la mitología del film es su ambigüedad moral y narrativa. Muchos espectadores asumieron, durante los años posteriores al estreno, que el Anticristo nunca había nacido realmente, y que toda la película debía leerse como una metáfora del miedo contemporáneo más que como una historia literal sobre el fin del mundo. Sin embargo, Álex de la Iglesia afirmó en entrevistas que, para él, el Anticristo sí había nacido, pero que los protagonistas habían logrado frustrar su plan. Esa revelación, lejos de cerrar interpretaciones, abrió nuevas capas de lectura que reforzaron el carácter fragmentario y simbólico del film. En El día de la bestia, nada es completamente literal y nada es puramente metafórico: el Apocalipsis y la realidad cotidiana se mezclan de tal forma que resulta imposible establecer una frontera clara entre ambos.
En conjunto, este conjunto de anécdotas y detalles revela un proceso de creación vibrante, arriesgado y profundamente emocional. La película no nació de la comodidad ni de la planificación académica, sino de un impulso creativo desbordante que encontró en la ciudad, en sus actores y en su equipo técnico la energía necesaria para existir. Esa intensidad se percibe en cada fotograma, en cada gesto y en cada sombra, y explica por qué El día de la bestia sigue siendo considerada una de las aventuras cinematográficas más poderosas del cine español moderno.
En la secuencia final de El día de la bestia, cuando los tres protagonistas contemplan Madrid desde la altura imposible de las Torres KIO —agotados, magullados y extrañamente luminosos en medio de una ciudad que sigue latiendo con indiferencia—, la película alcanza una forma de espiritualidad invertida que resume con precisión la visión del mundo que propone Álex de la Iglesia. No hay redención tradicional, no hay gloria, no hay un triunfo limpio sobre el mal; lo que queda es una fraternidad improbable, un humor desesperado y un sentimiento ambiguo de victoria que mezcla el orgullo con la melancolía. En ese momento, la película demuestra que su verdadero ámbito no es el apocalipsis literal, sino el territorio emocional que se crea cuando los personajes luchan por preservar lo humano dentro del caos.
Álex de la Iglesia construye una obra que escapa deliberadamente de las jerarquías genéricas, porque en su naturaleza híbrida encuentra un espacio expresivo único. La película no es solo una sátira ni solo un thriller demoníaco ni únicamente una comedia negra, sino un tejido narrativo donde cada tono se refuerza con el contraste del otro. El terror adquiere un matiz grotesco que desactiva la solemnidad, el humor introduce una vibración trágica que impide la ligereza absoluta y la acción urbana crea un fondo físico que amplifica el vértigo moral de los personajes. En esa mezcla se manifiesta una comprensión profunda del caos contemporáneo: la convicción de que vivimos en una realidad donde las fuerzas antagónicas conviven sin orden y donde la identidad humana se ve obligada a navegar entre impulsos contradictorios.
La película también ofrece una reflexión incisiva sobre la ciudad como escenario simbólico. Madrid se convierte en un organismo que respira, arde y se transforma a medida que avanza la noche. No es una simple localización, sino una entidad emocional que participa del conflicto y que se convierte en reflejo del estado de alarma espiritual que atraviesa el protagonista. Las Torres KIO, la Gran Vía, los descampados periféricos, los platós televisivos y los sótanos de locales esotéricos no son espacios aislados, sino fragmentos de una urbe desgarrada donde lo sagrado, lo profano y lo absurdo conviven sin fronteras. En ese paisaje urbano, el mal no aparece como fuerza sobrenatural ajena al mundo, sino como parte integral de la vida cotidiana. Ese enfoque dota a la película de una actualidad sorprendente, porque su visión del desorden social continúa resonando en un mundo que todavía oscila entre la incredulidad y el miedo.
El Padre Ángel, José María y Cavan representan, cada uno a su manera, distintas formas de enfrentarse a ese caos. El sacerdote encarna la fe llevada al extremo, un idealismo que roza la obsesión pero que también revela una desesperación íntima. José María representa el impulso primario, la violencia inocente, el deseo de participar en algo más grande que él. Cavan simboliza el escepticismo oportunista, la tentación de convertir lo sobrenatural en espectáculo. Sin embargo, en el recorrido que hacen juntos se produce una transformación que desborda la caricatura inicial. La película descubre en ellos una humanidad frágil pero luminosa, capaz de gestos de generosidad y de fidelidad que contradicen la visión desencantada del mundo en la que viven. Ese hallazgo emocional es quizás el mayor logro del film: la capacidad de mostrar que incluso en un mundo saturado de miedo, ridículo y violencia, aún es posible la solidaridad.
La sátira religiosa que despliega la película atraviesa toda la narración, pero lo hace desde una inteligencia que evita tanto la burla fácil como la irreverencia vacía. La crítica no se dirige a la espiritualidad en sí, sino a las estructuras de poder, a la espectacularización mediática, a la credulidad manipulada y al cinismo institucional. En contraste, la fe del Padre Ángel, aunque esté teñida de fanatismo, aparece como uno de los pocos impulsos auténticos del relato. Ese equilibrio convierte el film en una obra más compleja de lo que a menudo se sugiere, porque su humor agresivo convive con una sensibilidad sincera hacia los temores y anhelos humanos que subyacen a la religión.
Por otra parte, la película funciona como crónica social de un periodo de transición cultural. La España de mediados de los noventa aparece aquí como un país donde la modernidad mediática, la precariedad urbana y el desencanto generacional se mezclan sin estructura. Álex de la Iglesia captura esa atmósfera con una lucidez que no recurre a la nostalgia ni al costumbrismo, sino que la transforma en escenario para un relato delirante que sin embargo resulta sorprendentemente fiel al espíritu de su tiempo. El uso del metal, de la televisión basura, de los locales de barrio, de los parkings nocturnos y de la iconografía navideña invierte los códigos culturales de la época y los convierte en vehículos para un apocalipsis de andar por casa. Esa capacidad para detectar el nervio cultural de un país y convertirlo en ficción es uno de los rasgos más característicos del director.
En última instancia, El día de la bestia es una obra sobre la lucha íntima entre la responsabilidad moral y el absurdo del mundo. Sus personajes se mueven entre la convicción y la duda, entre el valor y la torpeza, entre la fe y la explosión de caos. En esa oscilación reside su veracidad emocional. La película no ofrece respuestas concluyentes —sobre la existencia del mal, sobre la naturaleza de lo sagrado, sobre la posibilidad de salvar el mundo—, pero sí ofrece una experiencia estética capaz de articular esas preguntas con una claridad emocional extraordinaria. Y lo hace sin renunciar al humor, porque en ese humor, a veces cruel, a veces compasivo, encuentra la única forma de resistir la oscuridad.
Más de un cuarto de siglo después de su estreno, El día de la bestia sigue siendo una obra vibrante, indómita y profundamente humana. No ha perdido ni un ápice de su fuerza porque pertenece a ese tipo de películas que no se conforman con narrar una historia, sino que crean un mundo propio donde el espectador reconoce tanto lo absurdo como lo trágico de su propia existencia. Su mezcla de terror, comedia y crítica social sigue siendo tan eficaz como desafiante. Y su mensaje, envuelto en sátira y violencia, sigue resonando con una claridad inquietante: incluso cuando el mundo parece precipitarse hacia el caos, todavía existe la posibilidad de encontrar una chispa de humanidad que ilumine la oscuridad.
BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES
La bibliografía y el conjunto de fuentes relacionadas con El día de la bestia conforman un territorio crítico y documental que permite comprender la película desde perspectivas muy diversas: su contexto histórico, la evolución del cine español en los años noventa, los códigos del humor negro, el uso del terror como vehículo social y las claves estilísticas que definen la trayectoria de Álex de la Iglesia. Aunque no existe una obra única que abarque de forma absoluta su complejidad, sí encontramos un conjunto de estudios, entrevistas y análisis que han contribuido a cimentar su prestigio dentro de la historiografía cinematográfica.
Entre los textos fundamentales destaca Álex de la Iglesia: de las entrañas a la pantalla (VV. AA., Semana de Cine de Medina del Campo, 2004), uno de los primeros volúmenes extensos dedicados al director. Este libro ofrece una aproximación panorámica que permite situar El día de la bestia dentro de una filmografía que combina la estética del exceso, la sátira social y la fascinación por el caos. El volumen analiza en profundidad tanto el proceso creativo como el impacto cultural del film, y constituye una referencia imprescindible para comprender el surgimiento del director como figura clave del cine español contemporáneo.
Otra obra de valor analítico es El cine de Álex de la Iglesia (Desirée de Fez, Ediciones Cátedra, 2010), un estudio riguroso y de perspectiva ensayística que examina la poética del director, su relación con los géneros cinematográficos y la manera en que articula mundos caracterizados por el humor corrosivo, la violencia expresiva y la desmesura emocional. El capítulo dedicado a El día de la bestia ofrece un despiece formal del film que ilumina sus mecanismos visuales y narrativos, así como su relación con la cultura urbana española de los noventa.
Resulta también significativa la obra La risa oblicua: humor, narrativa y crítica en el cine español (Carlos Losilla, Anagrama, 2002), donde se analiza la evolución del humor en el cine nacional desde la segunda mitad del siglo XX. Losilla dedica un espacio relevante al film de Álex de la Iglesia, abordándolo como ejemplo paradigmático de un humor que nace de la deformación grotesca de lo cotidiano y de la irrupción de una violencia satírica que interroga las estructuras sociales. El estudio enmarca la película dentro de un cambio de paradigma que amplió los límites del humor cinematográfico en España.
Desde una perspectiva sociocultural, varios ensayos incluidos en el volumen colectivo Madrid en el cine: ciudad, identidad y representación (VV. AA., Editorial Complutense, 2001) examinan la manera en que El día de la bestia construye un imaginario urbano donde la capital aparece como organismo vivo, caótico y simbólicamente cargado de fuerzas opuestas. Las Torres KIO, Gran Vía o Callao no funcionan simplemente como escenarios, sino como prolongaciones del conflicto apocalíptico que articula la película. Estos estudios permiten entender hasta qué punto el film redefinió la iconografía cinematográfica de Madrid en los años noventa.
Una fuente esencial para explorar los aspectos técnicos del film la encontramos en diversas entrevistas concedidas por Álex de la Iglesia en revistas especializadas como Cahiers du cinéma España, Fotogramas, Dirigido por… y Cinemanía. En ellas, el director detalla cuestiones relativas a la producción, la construcción del tono narrativo, la concepción del personaje de José María o el uso del humor negro como herramienta crítica. Estas entrevistas no solo aportan información factual, sino que revelan el pensamiento intuitivo y profundamente visual que guía la obra del director.
Las voces de los actores también han proporcionado documentos valiosos. Las entrevistas con Álex Angulo, Santiago Segura, Terele Pávez y Armando de Razza —publicadas en diferentes momentos entre 1995 y 2015— permiten reconstruir la atmósfera emocional del rodaje y comprender la intensidad física y psicológica con la que se enfrentaron a sus personajes. Segura, en particular, ha relatado en numerosas ocasiones cómo el papel de José María transformó el rumbo de su carrera y se convirtió en una de las interpretaciones más queridas del cine español moderno.
En cuanto al análisis académico, artículos como “Apocalipsis y sátira en el cine español de los noventa: el caso de El día de la bestia” (María Marcos Ramos, Revista de Cine Estudios, 2008) exploran la película como síntesis de una época cultural marcada por el desencanto, la transformación social y la redefinición de la identidad urbana. Este tipo de estudios permiten profundizar en la dimensión alegórica del film, entendida como una confrontación simbólica entre la modernidad y sus sombras.
Asimismo, resulta relevante el artículo “Religión, iconografía y parodia en El día de la bestia” (Javier Moral, Archivos de la Filmoteca, 2012), que examina la compleja relación que establece la película con la imaginería religiosa española, su uso del sacrilegio como dispositivo narrativo y su cuestionamiento irónico de los discursos moralistas. Este análisis ilumina la sofisticación conceptual con la que Álex de la Iglesia integra elementos teológicos en un relato frenético y abiertamente caótico.
Por último, las ediciones en DVD y Blu-ray de la película —en especial la edición conmemorativa del 20º aniversario— constituyen una fuente primaria invaluable. Incluyen documentales sobre el rodaje, comentarios del director, fragmentos del proceso de filmación, entrevistas recuperadas y materiales inéditos que permiten comprender la magnitud técnica del proyecto. Estos contenidos audiovisuales revelan la intensidad del trabajo del equipo y la complejidad logística que supuso filmar secuencias icónicas como el descenso por las Torres KIO o el clímax final en el interior del edificio.
En conjunto, este conjunto de fuentes ofrece un mapa amplio y diverso desde el cual abordar El día de la bestia como una obra esencial del cine español contemporáneo. La riqueza crítica, la variedad de testimonios y el análisis académico consolidan la película como un hito cultural cuya influencia y vigencia continúan expandiéndose más de un cuarto de siglo después de su estreno.
CARTELES
Ficha técnica
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Título en español: El día de la bestia
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Título original: El día de la bestia
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Año de estreno: 1995
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País: España
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Director: Álex de la Iglesia
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Guion: Álex de la Iglesia, Jorge Guerricaechevarría
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Fotografía: Flavio Labiano
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Música: Battista Lena
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Duración: 99 min
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Producción: Andrés Vicente Gómez / Enrique Cerezo / Canal+ España
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Reparto principal:
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Álex Angulo (Padre Ángel Berriartúa)
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Santiago Segura (José María)
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Armando De Razza (Profesor Cavan)
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María Grazia Cucinotta (Susana)
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Nathalie Seseña, Terele Pávez









