Excelentísimos Monstruos es un blog dedicado al cine fantástico del siglo XX. Las películas siempre han sido, para muchos de nosotros, una puerta abierta a otros mundos. Desde pequeño, cada vez que entraba en una sala oscura o veía una cinta por televisión, sentía esa mezcla de curiosidad, miedo y fascinación que solo saben provocar las historias fantásticas. Mientras otros niños soñaban con ser astronautas o futbolistas, yo imaginaba criaturas imposibles, castillos envueltos en niebla y monstruos que no solo daban miedo, sino que parecían esconder algo importante sobre la condición humana.
Con el tiempo descubrí que el cine fantástico, ya fuera a través del terror, los monstruos o la ciencia ficción, no era únicamente entretenimiento —aunque también lo sea, y a veces del mejor—, sino un espejo extraño donde se reflejan las inquietudes, los deseos y los temores de cada época. En la Filmoteca de Barcelona, cuando tenía apenas catorce o quince años, pasaba tardes enteras viendo películas que hoy considero esenciales. Allí conocí a los monstruos expresionistas, a los fantasmas japoneses, a los vampiros de la Universal y a toda una galería de criaturas que, de una forma u otra, formaron parte de mi educación sentimental. Descubrí muchas de ellas en pases de entre semana, rodeado de otros cinéfilos igual de apasionados, o gracias a esas revistas que devoraba mes tras mes —cuando Fotogramas todavía era Fotogramas y no una simple guía de estrenos—, buscando entrevistas, artículos y fotos que hicieran crecer ese pequeño universo privado.
Excelentísimos Monstruos nace precisamente de ese recorrido personal. No pretende elaborar una lista cerrada de “las mejores películas de terror” ni construir un canon académico. Lo que busca es compartir un viaje: un paseo por el cine fantástico del siglo XX que, por una razón u otra, dejó una huella. Algunas son obras maestras incuestionables, otras pequeñas joyas ocultas, y otras quizá imperfectas o incluso fallidas, pero todas enseñaron algo sobre cómo el cine es capaz de dar forma a lo invisible: a los miedos, a las sombras, a las pesadillas y, en ocasiones, también a cierta extraña belleza.
Mi intención es sencilla: comprender cómo se han representado nuestros temores a lo largo de cien años y cómo cada monstruo, ya sea un vampiro elegante, un zombi torpe, una criatura nacida de la ciencia, un ser extraterrestre o un fantasma silencioso, habla, en el fondo, de algo muy humano. Porque detrás de cada rugido, cada sombra y cada transformación, siempre hay una pregunta sobre nosotros mismos.
Cuando pienso en mis experiencias más intensas con el cine fantástico, siempre regreso a esas películas silenciosas en blanco y negro que parecían venir de otro mundo. Aquellos títulos antiguos que descubrí de madrugada por televisión o en pases con escaso público en la Filmoteca se me quedaron grabados no solo por sus historias inquietantes, sino por la forma tan extraña en que estaban filmados: sombras imposibles, decorados torcidos, actores con miradas que parecían escapadas de una pesadilla febril. Era un cine que no gritaba, susurraba, y aun así resultaba más perturbador que muchos monstruos modernos.
Películas como El gabinete del Doctor Caligari, Nosferatu, Häxan o El Gólem no solo definieron el lenguaje visual del terror; también demostraron que el miedo podía ser belleza, estilización, poesía oscura y pura fantasía. No había prisa ni trucos baratos, solo atmósferas densas, personajes extraños y una forma de filmar la noche que aún hoy sigue siendo hipnótica. Para mí, aquellas películas abrían una puerta a un universo que no terminaba de comprender, pero que me atraía de manera irresistible.
Lo que más me impresionaba era su capacidad para hablar de los miedos de toda una época sin necesidad de palabras. Tras la Primera Guerra Mundial, Europa estaba herida y desconcertada, y aquellas imágenes retorcidas y sombras gigantes parecían materializar ese desasosiego colectivo. Sin comprender todavía su trasfondo histórico, sí entendía su efecto: eran películas que te removían por dentro, que no dejaban indiferente.
Ese cine expresionista fue mi primer contacto con un terror que no solo buscaba asustar, sino construir un mundo propio. Una mezcla de belleza y pesadilla que, sin saberlo entonces, acabaría marcando mi manera de entender el género.
Siempre he pensado que mi educación sentimental no vino solo de casa o de la escuela, sino también —y quizá sobre todo— de aquellas tardes perdidas en salas oscuras donde las películas parecían hablarme directamente al oído. Cada vez que descubría un film nuevo sentía que un hilo invisible se sumaba al mapa interno de mi vida, un mapa hecho de títulos, rostros, criaturas, ciudades inventadas y melodías inquietantes que aún hoy me acompañan como si fueran viejos amigos.
No hubo un “momento exacto” en el que decidiera que el cine formaría parte central de mi vida; fue más bien un proceso natural, casi biológico. Mientras otros coleccionaban cromos, yo llenaba carpetas con recortes de revistas. Imaginaba cómo sería vivir dentro de las películas de la Universal o de la Hammer. Y mientras los demás aprendían historia con libros de texto, yo la aprendía con películas. El expresionismo alemán me enseñó más sobre la Europa de entreguerras que cualquier clase; la ciencia ficción de los años cincuenta me explicó mejor que nadie el miedo nuclear; y el terror de los setenta me abrió los ojos al lado más incómodo y fascinante de la sociedad.
Ese camino también estuvo hecho de libros, a veces viejos y mal conservados, comprados en tiendas de segunda mano que olían a polvo y celulosa. Recuerdo incontables mañanas de domingo, acompañado por mi buen amigo Òscar Sardà (hoy reconocido ilustrador y dibujante de cómic), rastreando los puestos del Mercat de Sant Antoni de Barcelona en busca de carteles, guías y revistas que iba coleccionando. Allí descubrí por primera vez los nombres de Tod Browning, Jacques Tourneur, Terence Fisher o Mario Bava, nombres que en mi adolescencia resonaban como el de auténticos maestros. Cada ensayo, cada biografía, cada artículo en alguna revista ya desaparecida servía para completar la imagen de ese universo fantástico que, poco a poco, iba ocupando más espacio dentro de mí.
Hoy, cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que esa mezcla de experiencias (las salas oscuras, los programas dobles, los libros usados, los pósters que colgaba torcidos en mi habitación) fue construyendo una manera muy particular de entender el cine. No como un entretenimiento pasajero, sino como un refugio, una brújula, una forma de vida. Y quizá también como un lenguaje secreto que algunos hablamos con devoción desde que éramos niños.
Por eso Excelentísimos Monstruos existe. Porque ese camino continúa, porque todavía me sorprendo al descubrir una película desconocida o al revisitar otra que creía agotada, porque sigo sintiendo la misma emoción cuando una historia me arrastra, me ilumina o me perturba. Y porque, a pesar de que las plataformas, las pantallas y la manera de ver cine hayan cambiado, sigo creyendo que cada película, por humilde que sea, guarda dentro de sí un pedazo de tiempo que merece ser recordado.
Si hubo una década del género que me voló la cabeza cuando era adolescente y que aún hoy me sigue fascinando como el primer día, fueron los años cincuenta. Fue el momento en que el cine descubrió que podía convertir nuestros miedos más profundos en criaturas gigantes, colosales, imposibles… y al mismo tiempo inolvidables. Yo, que ya iba camino de convertirme en un cinéfilo empedernido, encontraba en esas películas algo así como un parque de atracciones inquietante donde cada historia mezclaba aventura, ciencia ficción, paranoia nuclear y, por encima de todo, puro espectáculo.
Era la época en que el mundo vivía obsesionado con la energía atómica, con la Guerra Fría, con la posibilidad de que un simple error —o un simple botón— lo destruyera todo. Y Hollywood, que nunca ha desaprovechado una buena paranoia, convirtió ese miedo en hormigas gigantes, pulpos colosales, monstruos prehistóricos despertados por pruebas nucleares y seres mutados que parecían salidos de un mal sueño. Yo veía esas películas en sesiones correlativas de la Filmoteca o en pases tardíos en televisión y sentía que estaba descubriendo tesoros escondidos: La humanidad en peligro, El monstruo de tiempos remotos, Tarántula, Surgió del fondo del mar… Todas tenían algo especial.
Lo más curioso es que, aunque muchas de ellas se rodaron con presupuestos limitados, efectos artesanales y guiones que no siempre brillaban, lograban transmitir una sensación de maravilla que hoy sigue siendo única. Había maquetas, stop-motion, trajes de goma y trucos de cámara que, lejos de restarles magia, les daban un encanto que ahora resulta imposible de replicar con ordenadores. Ese “defecto” visual formaba parte de su personalidad.
Además, muchos de esos monstruos, cuando los veías de pequeño, eran casi aliados: te daban miedo, sí, pero también te acompañaban. Era como si fueran guardianes de un tipo de cine que ya no se hace, un cine que no tenía miedo de ser exagerado, de ser aparatoso, de jugar con los límites de la imaginación. Yo los veía como viejos amigos.
Un estudio capaz de despertarme más miedos y más fascinación que cualquier otro fue la Hammer. Todavía recuerdo la primera vez que vi Drácula (1958) por televisión: tendría diez u once años, y no exagero si digo que aquella noche me dejó completamente acojonado. No había visto nunca algo parecido. Christopher Lee no interpretaba a un vampiro: era el vampiro. Su mirada, la sangre en los colmillos, esa presencia silenciosa que llenaba la pantalla… para un crío que ya vivía enamorado del cine, aquello fue como abrir una puerta a un mundo nuevo, más oscuro, más sugerente y más peligroso.
La Hammer tenía ese toque inglés tan particular: elegante, teatral, envuelto en niebla y con colores casi de pesadilla. Hacían películas de terror que parecían cuentos macabros para adultos: castillos abandonados, laboratorios imposibles, cementerios góticos, tormentas nocturnas y personajes que hablaban como si cargaran con siglos de maldiciones. Yo veía aquellos decorados, aquellas capas, aquellas sombras alargadas… y tenía la sensación de que el cine podía ser una extensión directa de la imaginación. Y no una imaginación bonita, sino la imaginación que te visita cuando apagas la luz.
Una de las cosas que más me atrapaban era esa mezcla entre terror y belleza. El color de la Hammer —sobre todo en los años cincuenta y sesenta— era casi hipnótico. El rojo de la sangre parecía demasiado rojo para ser real, pero precisamente por eso daba más miedo. Y después estaba Peter Cushing, que ponía una seriedad absoluta incluso en la trama más delirante, y Christopher Lee, convertido en icono eterno sin necesidad de decir casi una palabra. Entre ambos levantaron un tipo de terror que hoy parece imposible de reproducir: teatral, romántico, pero también profundamente físico.
La Hammer me abrió la puerta a Frankenstein, la Momia, los vampiros aristocráticos, los castillos perdidos, los laboratorios clandestinos y todo ese universo gótico que más tarde acabaría conectando con mi amor por el cine fantástico del siglo XX. Para mí, descubrir sus películas fue como descubrir que el cine no solo te contaba historias: también podía construir atmósferas, clavar sensaciones, moldear temores y dejarte imágenes que se te quedan pegadas a la memoria para siempre.
Por eso la Hammer es un bloque imprescindible aquí. Fue un despertar, una revelación y también un miedo precioso, de esos que recuerdas incluso con cariño. Y todo empezó con una película que, sin saberlo, cambiaría mi manera de mirar el cine para siempre: ese Drácula de 1958, aquella misma noche en que Christopher Lee me dejó clavado en el sofá.
Si los años anteriores me habían enseñado que el cine podía ser inquietante, oscuro o directamente monstruoso, los años sesenta y setenta me revelaron algo diferente: que el cine también podía ser una experiencia emocional, sensorial y casi espiritual. En esa etapa descubrí lo que yo llamo “el nuevo terror”, un tipo de cine que ya no buscaba solo asustar, sino remover algo dentro del espectador, incomodarlo, descolocarlo, obligarlo a mirar aquello que normalmente se evita. Son años en los que todo empieza a romperse: lo moral, lo formal, lo visual y lo narrativo. Y para un chaval que ya venía fascinado por los monstruos clásicos y el gótico, aquello fue como atravesar una frontera.
Pero antes incluso de conocer de lleno ese terror que reinventó el género, viví una experiencia que me cambió para siempre y que no tenía tanto que ver con el miedo como con la maravilla. Debía de tener siete u ocho años cuando mi hermano me llevó al cine a ver 2001: Una odisea del espacio. Lo que sentí en aquella sala es difícil de explicar sin caer en tópicos. La película me dejó literalmente alucinado, paralizado en la butaca, sin entender nada y, al mismo tiempo, sintiendo que aquello pertenecía a otra dimensión. No era una película en el sentido tradicional: era un viaje, un sueño, una revelación.
Recuerdo la música resonando como si viniera de otro planeta, la belleza extraña de cada imagen, el misterio absoluto del monolito y aquella última parte, ese “viaje” final que, para un chaval de esa edad, era como ver abrirse el universo delante de sus ojos. Aquella impresión me acompañó durante años y despertó una curiosidad todavía más profunda por la ciencia ficción, por lo fantástico y por cualquier relato que mezclara lo inquietante con lo desconocido.
Cuando más adelante empecé a descubrir las películas de terror de finales de los sesenta y principios de los setenta, comprendí que algo estaba cambiando en el cine. Ya no se trataba de monstruos contra héroes, sino de enfrentarse a miedos mucho más humanos. La noche de los muertos vivientes no era solo una historia de zombis, sino un espejo social. La semilla del diablo convertía el espacio doméstico en una trampa. El exorcista mezclaba fe, dolor y horror de una manera que te perseguía durante semanas.
Ese nuevo terror era más atrevido, más adulto y más incómodo. Y, de algún modo, se conectaba con la sensación que me dejó 2001: la idea de que el cine podía sacarte de tu lugar seguro y llevarte a territorios desconocidos. Para mí, esos años representan la auténtica revolución del género, el momento en que comprendí que el miedo no siempre tiene colmillos o garras. A veces tiene forma de duda, de culpa, de caos social o de angustia existencial. Y quizá por eso estas películas siguen resonando tanto hoy: porque no hablan solo del terror, sino de nosotros mismos.
Considerando que esas películas habían sido un despertar continuo hacia mundos cada vez más inquietantes, los años ochenta y noventa fueron, para mí, la gran avalancha visual. Una explosión. Una época en la que parecía que cada semana surgía una criatura nueva, un maquillaje imposible, un monstruo que te obligaba a mirar dos veces la pantalla para comprobar que realmente estabas viendo lo que creías ver. Fue la década en la que los efectos especiales dejaron de ser simples trucos para convertirse casi en protagonistas, y en la que el cine de terror encontró un lenguaje tan físico y visceral que parecía atacar directamente al estómago.
Recuerdo el momento en que descubrí a los grandes artesanos de la carne y del látex: Rob Bottin, Rick Baker, Stan Winston, Tom Savini. Eran auténticos magos capaces de hacer que un cuerpo se abriera, se retorciera, mutara, sangrara o se disolviera sin que uno pudiera imaginar cómo demonios lo habían logrado. Películas como La cosa, Un hombre lobo americano en Londres, Hellraiser, Gremlins, Aullidos o, más tarde, Jurassic Park me parecían pequeños milagros técnicos, pero también puro cine: mundos extraños, ideas potentes y monstruos tan terroríficos como fascinantes.
Los ochenta también trajeron un terror más gamberro y nocturno, con ese punto de serie B encantadora que se veía en cines de barrio o en sesiones de madrugada. Re-Animator, The Blob, Fright Night, Critters, Evil Dead, El regreso de los muertos vivientes… todas parecían hechas por gente que se divertía empujando los límites de lo posible, del mal gusto y de la imaginación. Yo seguía recorriendo videoclubs, auténticos templos del descubrimiento, guiándome muchas veces por pura intuición visual ante carátulas que prometían mundos imposibles.
Después llegaron los noventa, una mezcla muy particular. Por un lado, empezaba a asomar el CGI, que transformó radicalmente la forma de construir criaturas; por otro, surgía un terror más psicológico, más turbio y más adulto, capaz de inquietar sin necesidad de mostrarlo todo. Fue la década de Candyman, Seven, La escalera de Jacob, Scream, Misery, El silencio de los corderos o Dark City. De pronto, la oscuridad ya no venía solo de lo sobrenatural, sino también de la mente humana.
Entre ese nuevo tipo de terror y las últimas grandes criaturas analógicas antes de que el ordenador tomara el relevo, sentí que estaba presenciando una transición histórica ante mis propios ojos. Una transformación del lenguaje del cine fantástico casi tan radical como las metamorfosis que veía en pantalla. Y aunque los tiempos cambiaran, yo seguía viviendo cada película con la misma mezcla de miedo, fascinación y curiosidad de siempre.
Porque, al final, tanto en los años ochenta como en los noventa, lo realmente importante no eran solo los monstruos en sí, sino ese extraño magnetismo que ejercían sobre mí: ese impulso por entender cómo estaban hechos, por descubrir quién los había diseñado, por saber por qué funcionaban tan bien. Esa curiosidad por los mecanismos del asombro, por la artesanía del miedo, me empujaba a mirar más allá de la pantalla. Y ese impulso, de alguna manera, me ha acompañado desde entonces en todo el recorrido cinéfilo que ha ido dando forma a este blog.
Cuando se llevan tantos años viendo cine fantástico y de terror, inevitablemente uno construye una especie de mapa emocional hecho de escenas, criaturas, atmósferas, sustos inesperados y silencios inquietantes. Elegir solo unas cuantas películas nunca es sencillo, porque cada una pertenece a un momento distinto de la vida, a una etapa en la que sorprendió, removió o abrió una puerta que no sabías que existía. Aun así, siempre hay un puñado de títulos que se convierten en brújula, en referencia afectiva, en pequeñas anclas que recuerdan por qué empezó todo.
La selección que incluyo aquí no pretende ser un canon intocable, sino una forma de compartir ese camino. Desde los monstruos trágicos de los años treinta hasta los terrores psicológicos de los setenta, pasando por el color vibrante del gótico británico o las criaturas imposibles del stop-motion, estas películas representan momentos en los que algo se encendió. A veces fue un plano, otras una música, otras una transformación imposible o un silencio que parecía venir de otro mundo. Todas, sin embargo, comparten la capacidad de quedarse contigo para siempre.
Aquí conviven vampiros aristocráticos con seres alienígenas, fantasmas elegantes con asesinos perturbadoramente humanos, demonios entre sombras y experimentos científicos que salen terriblemente mal. Son películas que aún hoy funcionan como puertas de entrada al género: algunas por su atmósfera, otras por su audacia visual, otras por su valentía narrativa. Todas representan el tipo de cine que enseñó lo apasionante que puede ser mirar hacia la oscuridad.
Esta selección es solo un punto de partida. Lo hermoso del cine fantástico es que siempre queda algo más por descubrir: una criatura al otro lado del bosque, una maldición olvidada, un experimento prohibido o un susurro que no debería escucharse. Quizá, con un poco de suerte, algunas de las películas que encontrarás aquí te acompañen igual que me acompañaron aquellas primeras veces en que me senté frente a una pantalla sin saber que lo que iba a ver cambiaría mi forma de entender el cine.
Pero ¿por qué volvemos una y otra vez a los mismos monstruos? ¿Por qué siguen fascinándonos incluso cuando sabemos exactamente qué van a hacer? Tal vez porque, en realidad, nunca han hablado de ellos, sino de nosotros. Cada criatura, cada espectro, cada asesino silencioso o cada demonio vengativo es una metáfora del mundo que los crea, un reflejo de nuestras angustias, deseos y contradicciones.
Cada época ha proyectado sus temores en la pantalla. En los años veinte y treinta, los monstruos expresaban la ansiedad de sociedades convulsas que buscaban respuestas entre guerras y crisis. En los cincuenta, en pleno auge nuclear, el miedo tomó forma en mutaciones gigantes e invasiones. En los sesenta y setenta, cuando la realidad parecía más inquietante que cualquier ficción, el terror adoptó un tono más psicológico y cercano. Y en los ochenta y noventa, el miedo se mezcló con el cuerpo, la transformación y la fascinación por lo extraño.
No pretendo ofrecer lecciones ni construir un tratado académico. Lo que quiero es compartir una pasión. Escribir sobre estas películas es, para mí, un acto de amor por el cine fantástico, pero también una forma de volver a sentir aquella mezcla de pavor y curiosidad que me atrapó de joven. Cada entrada nace de esa sensación: de la certeza de que el miedo puede ser también una emoción bella, delicada y, en ocasiones, incluso tierna.
Porque al final, lo que buscamos en estas historias no es solo el sobresalto, sino la posibilidad de vernos reflejados —aunque sea en la oscuridad— y reconocer en esas criaturas una parte de lo que somos, de lo que tememos y de lo que deseamos. Este recorrido por los monstruos del siglo XX es también un recorrido por nuestra propia sombra.
Excelentísimos Monstruos es un viaje: desde los silencios espectrales del cine mudo hasta los gritos del terror moderno, desde los castillos góticos hasta los suburbios americanos, desde los monstruos universales hasta los horrores cotidianos.
Aquí están reunidos los vampiros, los licántropos, las momias, los zombis, los espectros, los asesinos en serie y las criaturas gigantes que marcaron el cine fantástico del siglo XX. Este blog es mi homenaje a todos ellos, a esos monstruos que, desde la pantalla, me han hecho gritar, pensar y soñar.
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