EL GATO NEGRO (1968)

Kuroneko tiene un lugar singular dentro del cine fantástico japonés y, al mismo tiempo, dentro de la tradición universal del relato de fantasmas, porque no utiliza lo sobrenatural como vía de evasión, sino como un lenguaje capaz de articular una de las reflexiones más hondas sobre la violencia, la memoria y la herida histórica. Bajo la apariencia de un cuento ambientado en el Japón feudal, la película de Kaneto Shindō formula una meditación oscura sobre la persistencia del trauma y la imposibilidad de clausurar aquello que ha sido destruido sin reparación. El miedo no nace aquí del sobresalto ni del misterio, sino de la certeza de que el pasado, cuando no es afrontado, regresa bajo formas cada vez más inquietantes.

Estrenada en 1968, en un Japón que todavía procesaba las consecuencias físicas, morales y simbólicas de la Segunda Guerra Mundial, Kuroneko dialoga con una sociedad marcada por la experiencia del colapso. Aunque su relato se sitúe en el período Sengoku, una era de guerras civiles y descomposición social, la película no funciona como reconstrucción histórica, sino como espejo desplazado de una realidad contemporánea. La violencia feudal se convierte en metáfora de una violencia moderna que ha aprendido a naturalizar la destrucción, a convertir el cuerpo en territorio y la memoria en una carga insoportable.

En este contexto, Shindō retoma el folclore japonés no como tradición decorativa, sino como una estructura simbólica desde la que interrogar la historia. La figura del fantasma, lejos de ser un simple elemento terrorífico, se transforma en una manifestación de aquello que no ha podido ser enterrado. En Kuroneko, el espíritu no es una anomalía que rompe el orden, sino la consecuencia lógica de un mundo que ha normalizado el abuso. La muerte no interrumpe la violencia: la prolonga.

La elección de dos mujeres como portadoras de esta memoria no es casual. La madre y la nuera representan a quienes quedan atrapados en los márgenes de la historia oficial, a quienes sufren sin dejar huella en los relatos dominantes. Su choza aislada en medio del bosque aparece como un último refugio, pero también como un espacio condenado desde el inicio. Allí no hay comunidad, ni protección, ni promesa de regreso. El entorno no ofrece consuelo, solo una espera silenciosa que anticipa la tragedia.

La agresión que sufren no se presenta como un acto excepcional, sino como una práctica sistemática, casi rutinaria. Shindō filma la violencia con una frialdad que resulta más perturbadora que cualquier exceso explícito. No hay dramatización heroica, no hay justificación, solo la constatación de un orden donde el abuso se ejerce sin consecuencias. La guerra, en este universo, no distingue entre campos de batalla y hogares: invade lo doméstico, destruye los vínculos y convierte la vida en una forma de supervivencia precaria.

Tras su muerte, el retorno de las mujeres no introduce una lógica de justicia reparadora, sino un desplazamiento del dolor hacia otro plano. Convertidas en espectros, regresan envueltas en telas blancas que flotan en la noche con una belleza inquietante, casi sagrada. Su elegancia no suaviza el horror, lo intensifica, porque crea una distancia entre la forma y el origen que impide cualquier lectura complaciente. La venganza no libera, encadena. El ritual que ejecutan repite una y otra vez la herida inicial, atrapándolas en un ciclo donde el pasado se reactiva sin descanso.

La casa reconstruida en medio del bosque funciona como un umbral entre mundos, un espacio suspendido donde el tiempo se repliega sobre sí mismo. El bosque no es naturaleza, es arquitectura simbólica: un laberinto orgánico que sustituye a los muros de una fortaleza gótica. Sus ramas entrelazadas crean una sensación de encierro que no necesita paredes. No hay horizonte, solo reiteración. Cada paso remite a algo ya ocurrido, como si el espacio mismo estuviera impregnado de memoria.

El blanco y negro acentúa esta dimensión espectral. Los grises no delimitan, disuelven. Los cuerpos parecen desprenderse de la gravedad, como si ya no pertenecieran del todo al mundo físico. La iluminación no dirige la mirada, la extravía, creando zonas donde la amenaza se vuelve constante sin necesidad de mostrarse. La cámara se mueve con una cadencia casi hipnótica, transformando el paisaje en una extensión del trauma.

Desde esta perspectiva, Kuroneko no es solo un relato de fantasmas, sino una elegía sobre la violencia y la imposibilidad de regresar a un estado anterior a la herida. La película convierte lo sobrenatural en un espejo donde se refleja aquello que la historia oficial prefiere silenciar. En esa mirada incómoda reside la potencia perturbadora de una obra que transforma el fantasma en memoria y la memoria en condena.

En el Japón feudal, durante un período de guerra constante y descomposición social, una madre anciana y su nuera sobreviven en una humilde choza situada en un claro del bosque. Ambas esperan el regreso del hijo y esposo, que ha sido reclutado como samurái. Su existencia transcurre marcada por la precariedad y el aislamiento, en un entorno donde no hay protección ni ley, y donde la violencia se ha convertido en parte del orden cotidiano.

Una noche, un grupo de soldados atraviesa el bosque y se refugia en la choza. Tras compartir comida y bebida con las mujeres, los hombres abusan de ellas brutalmente y, antes de marcharse, prenden fuego a la casa. La agresión no se presenta como un acto excepcional, sino como la manifestación de una violencia sistemática que se ejerce sin castigo. Las dos mujeres mueren entre las llamas, víctimas de un mundo que las ha reducido a objetos sin valor.

Tras su muerte, regresan convertidas en espíritus. La choza reaparece intacta, como si el tiempo se hubiera detenido en el instante anterior a la tragedia. Las mujeres, ahora transformadas en figuras de una belleza inquietante, atraen a los samuráis que cruzan el bosque. Los seducen y los conducen hasta su hogar, donde los matan en una repetición ritual de la venganza. Cada muerte funciona como una ofrenda a un dolor que no ha encontrado reparación.

El ciclo se mantiene hasta que el hijo y esposo regresa, convertido en samurái al servicio del mismo orden que permitió la agresión. Al encontrarse con su madre y su esposa, ignora su verdadera naturaleza, creyéndolas vivas. Sin embargo, su presencia introduce una grieta en la lógica de la venganza. La nuera se ve dividida entre el amor y el pacto que la ata al mundo de los muertos.

Cuando el hombre descubre la verdad, se enfrenta a la imposibilidad de reconciliar su pasado con su presente. La tragedia culmina con un sacrificio que no restaura la justicia ni devuelve lo perdido. El horror no se extingue con la muerte de los espectros, sino que persiste como una huella imborrable, recordando que la violencia, una vez inscrita en la memoria, no puede ser borrada.

Tras el impacto internacional de Onibaba (1964), Kaneto Shindō se consolidó como una de las voces más singulares del cine japonés de posguerra. Aquella película había demostrado que el folclore podía ser reinterpretado no como evasión, sino como una vía de acceso a las heridas más profundas de la memoria colectiva. Kuroneko nace directamente de ese impulso creativo, pero lo lleva hacia un territorio aún más estilizado y espectral, donde el relato de fantasmas se convierte en una metáfora explícita de la violencia estructural.

La película fue producida por Kindai Eiga Kyokai, la compañía independiente fundada por el propio Shindō junto a Nobuko Otowa. Este marco de producción, al margen de los grandes estudios, le permitió trabajar con una libertad artística excepcional. Lejos de las imposiciones comerciales, el cineasta pudo desarrollar un proyecto profundamente personal, donde cada elemento formal respondía a una lógica interna y a una visión coherente del mundo. El presupuesto fue reducido, lo que obligó a concentrar la acción en pocos escenarios y a potenciar al máximo la fuerza simbólica de cada espacio.

El guion, escrito íntegramente por Shindō, se inspira en una leyenda popular japonesa, pero introduce transformaciones decisivas. En el relato original, el énfasis recaía en la dimensión sobrenatural y en la idea de castigo. Shindō, en cambio, desplaza el centro hacia el trauma, convirtiendo a las protagonistas en víctimas de una violencia sistemática que trasciende el ámbito individual. Esta relectura conecta el pasado feudal con la experiencia contemporánea de Japón, marcado por la devastación de la guerra y la pérdida de certezas.

La elección de Nobuko Otowa para el papel de la madre no fue casual. Actriz habitual y compañera vital del director, su presencia aporta una densidad emocional que atraviesa toda la filmografía de Shindō. Su rostro, filmado en primeros planos prolongados, se convierte en un espacio donde se inscribe la memoria del dolor. Junto a ella, Kiwako Taichi interpreta a la nuera con una mezcla de fragilidad y determinación que refuerza el contraste entre ambas figuras.

La fotografía de Kiyomi Kuroda desempeña un papel central en la construcción del universo de la película. El uso del blanco y negro no persigue el realismo, sino la creación de un espacio suspendido, donde los límites entre lo material y lo espectral se desdibujan. La iluminación crea zonas de sombra que no ocultan, sino que sugieren, convirtiendo cada plano en una extensión del estado emocional de los personajes. El bosque, filmado como un laberinto de líneas y texturas, adquiere una presencia casi orgánica.

La música de Hikaru Hayashi, habitual colaborador de Shindō, introduce una dimensión ritual que acompaña la cadencia hipnótica del relato. Sus composiciones no subrayan la acción, sino que la envuelven, creando una sensación de fatalidad que atraviesa toda la película. El montaje, sobrio y pausado, refuerza esta atmósfera de repetición, donde cada escena parece eco de la anterior.

En el contexto del cine japonés de los años sesenta, Kuroneko se sitúa como una obra atípica, alejada tanto del cine comercial como de las vanguardias más radicales. Su equilibrio entre tradición y modernidad, entre folclore y crítica social, consolidó a Shindō como un autor capaz de transformar el género en una herramienta de reflexión histórica y moral.

En Kuroneko, el horror no irrumpe desde un exterior sobrenatural, sino que emerge como una consecuencia lógica de una violencia que ya ha sido aceptada como estructura. La película no plantea el regreso de los espectros como una anomalía, sino como una continuidad. La muerte de las dos mujeres no supone una ruptura, sino una transformación del mismo sistema de opresión en otra forma de existencia. En este sentido, el fantasma no representa la negación de la realidad, sino su prolongación más extrema.

La repetición ocupa un lugar central en esta lógica. Cada soldado que atraviesa el bosque y se adentra en la choza repite, sin saberlo, el gesto de los primeros agresores. El ritual de seducción y muerte no busca un equilibrio moral, sino que reproduce una y otra vez la herida inicial. La película no propone la venganza como catarsis, sino como condena. Cada acto de castigo prolonga el estado de duelo, atrapando a las protagonistas en un bucle que no conduce a ninguna forma de redención.

Este mecanismo se articula a través del espacio. El bosque no es naturaleza, es estructura simbólica. Sus senderos no conducen a un destino, sino que devuelven siempre al mismo punto, reforzando la sensación de encierro. La cámara de Shindō recorre los troncos y las sombras como si explorara un cuerpo herido, deteniéndose en sus texturas, en sus líneas, en su densidad. El paisaje no acompaña la acción: la condiciona. Es un espacio que no permite huida, solo repetición.

La casa reconstruida actúa como un umbral entre mundos. No es un lugar realista, sino una extensión del trauma. Allí el tiempo se suspende y se repliega sobre sí mismo. Los hombres que cruzan ese umbral no perciben la trampa hasta que ya es demasiado tarde, seducidos por una belleza que no pertenece al mundo de los vivos. En este punto, la película transforma el deseo en un territorio ambiguo donde placer y muerte se confunden. El cuerpo deja de ser sujeto para convertirse en espacio de inscripción de la violencia histórica.

La dimensión de género es inseparable de esta lectura. Las protagonistas encarnan a quienes han sido expulsados de la historia oficial, reducidos a cuerpos sin voz. Su retorno no las empodera, las sitúa en un margen desde el cual solo pueden existir como memoria activa del dolor. El fantasma femenino no es una figura de poder, sino una conciencia desplazada, atrapada entre la necesidad de castigar y la imposibilidad de liberarse de aquello que las destruyó.

La repetición, lejos de ofrecer alivio, genera desgaste. Cada muerte erosiona la posibilidad de recordar quiénes fueron antes de morir. La identidad se diluye en la función. Las mujeres dejan de ser individuos para convertirse en símbolos, en engranajes de una maquinaria que se alimenta de su propio dolor. En este sentido, Kuroneko no propone una ética de la justicia, sino una visión trágica donde toda respuesta está contaminada por la violencia que intenta combatir.

La figura del esposo e hijo introduce una grieta fundamental en la lógica cerrada de la venganza. Hasta su aparición, el ritual parece operar con una coherencia interna: cada soldado representa una pieza intercambiable dentro de un sistema violento que debe ser castigado. Sin embargo, el regreso del hombre obliga a confrontar una verdad incómoda: no todo puede reducirse a una ecuación entre víctimas y verdugos. Él también es producto del mismo orden que permitió la agresión, moldeado por una cultura donde la obediencia y la guerra se confunden con el honor. Su presencia revela que la violencia no es un accidente, sino una pedagogía.

En este punto, la película desplaza su eje hacia una reflexión ética. La nuera se enfrenta a una elección imposible: seguir el mandato espectral o reconocer el vínculo afectivo que la conecta con el mundo de los vivos. Ninguna opción ofrece redención. Cualquier decisión implica una pérdida irreversible. Esta tensión convierte el clímax en una escena de sacrificio sin victoria, donde la tragedia no se resuelve, solo se expone en toda su crudeza.

Formalmente, Shindō traduce este conflicto en una puesta en escena de extrema contención. Los silencios se prolongan, los gestos se ralentizan, la cámara evita el subrayado dramático. La música de Hikaru Hayashi acompaña estas transiciones con una cadencia casi litúrgica, reforzando la sensación de estar ante un ritual que trasciende a los personajes. El montaje, lejos de buscar dinamismo, acentúa la circularidad del relato, subrayando la idea de que no hay progreso, solo retorno.

La luz y la sombra adquieren aquí un valor moral. No separan lo bueno de lo malo, sino que disuelven cualquier frontera clara entre ambos. Los cuerpos aparecen a menudo recortados contra fondos oscuros, como si ya pertenecieran a otro plano de existencia. Esta estética no embellece la tragedia, la hace más insoportable, porque obliga al espectador a contemplar la violencia sin refugio.

Desde una perspectiva histórica, Kuroneko puede leerse como una alegoría del Japón de posguerra, un país que intentaba reconstruirse sin haber elaborado plenamente su trauma. La repetición del ritual de venganza refleja la imposibilidad de avanzar cuando la memoria permanece enterrada. El fantasma no es solo una figura folclórica, es la materialización de una culpa colectiva que se resiste a desaparecer.

En última instancia, la película convierte el horror en una forma de conciencia. No ofrece consuelo ni cierre, sino una mirada lúcida sobre el precio de olvidar. En ese rechazo a la reconciliación fácil se encuentra la potencia perturbadora de una obra que entiende el terror como una herida que atraviesa el tiempo y se niega a cicatrizar.

El estreno de Kuroneko en 1968 se produjo en un momento de transición dentro del cine japonés, marcado por la crisis del sistema de estudios y por la búsqueda de nuevas formas de expresión que pudieran conectar con una sociedad en transformación. Frente al auge de la televisión y al descenso de la asistencia a las salas, muchas producciones apostaban por el sensacionalismo o por fórmulas comerciales directas. En ese contexto, la película de Kaneto Shindō apareció como una obra singular, situada en un territorio ambiguo entre el cine de autor y el fantástico tradicional.

La recepción inicial en Japón fue respetuosa, aunque contenida. Parte de la crítica valoró de inmediato su elegancia formal, su atmósfera hipnótica y la potencia simbólica de su propuesta, subrayando su capacidad para transformar el relato de fantasmas en una reflexión sobre la violencia histórica. Sin embargo, otro sector la consideró una obra demasiado contemplativa, alejada de los códigos del terror popular que dominaban el mercado. Esta ambivalencia contribuyó a que Kuroneko no alcanzara en su estreno el impacto comercial de Onibaba, a pesar de compartir con ella equipo, estilo y preocupaciones temáticas.

En el ámbito internacional, la película encontró un terreno más receptivo. Su circulación por festivales europeos permitió que fuera descubierta por una crítica interesada en el cine japonés de autor y en sus formas de reinterpretar el folclore desde una sensibilidad moderna. En este contexto, Kuroneko fue percibida como una obra profundamente poética, capaz de dialogar con las tradiciones del cine fantástico occidental sin perder su identidad cultural. Su tono elegíaco y su tratamiento del trauma la situaron rápidamente como una referencia dentro del llamado “terror artístico”.

A partir de los años setenta y ochenta, con la consolidación de los estudios académicos sobre el cine de género, la valoración de Kuroneko comenzó a crecer de manera sostenida. Críticos y teóricos la incorporaron a un canon que reconocía el potencial simbólico del horror como herramienta para explorar conflictos sociales y psicológicos. La película fue analizada como una alegoría de la violencia estructural y de la transmisión del trauma, reforzando su estatus como una obra clave dentro de la filmografía de Shindō.

En la cultura cinéfila contemporánea, Kuroneko es considerada uno de los grandes clásicos del cine de fantasmas japonés. Su presencia en retrospectivas, ediciones restauradas y ciclos dedicados al terror de autor ha consolidado su prestigio internacional. Hoy se la valora no solo por su belleza formal, sino por la profundidad de su mirada, capaz de interpelar a un espectador moderno que reconoce en su relato una reflexión vigente sobre la memoria, la herida histórica y la persistencia de la violencia.

El origen de Kuroneko se encuentra en una antigua leyenda popular japonesa que forma parte de la tradición de relatos de fantasmas (kaidan). Sin embargo, Kaneto Shindō no se limitó a adaptar el cuento, sino que lo reescribió por completo, despojándolo de su componente moralizante para convertirlo en una reflexión sobre la violencia estructural y el trauma histórico. El director declaró en varias ocasiones que su interés no residía en el folclore en sí, sino en la posibilidad de utilizarlo como un lenguaje simbólico para hablar de su tiempo.

La película fue concebida como una obra complementaria de Onibaba (1964). Ambas comparten no solo al equipo técnico y a parte del reparto, sino también una preocupación común por los efectos de la guerra en quienes quedan fuera de la historia oficial. Mientras Onibaba se ancla en la crudeza del realismo, Kuroneko se desplaza hacia una dimensión más poética y espectral, estableciendo un diálogo directo entre ambas.

Nobuko Otowa, esposa de Shindō, interpretó el papel de la madre, aportando al personaje una intensidad contenida que se convirtió en uno de los pilares emocionales del film. Su colaboración con el director fue constante a lo largo de su carrera, y muchos críticos han señalado que su presencia otorga a sus películas una dimensión íntima y personal.

Para lograr el movimiento casi flotante de las protagonistas espectrales, Shindō trabajó con las actrices en una coreografía minuciosa, evitando cualquier gesto brusco. La intención era que parecieran deslizarse por el espacio, como si ya no pertenecieran al mundo de los vivos. Este detalle se convirtió en una de las señas visuales más reconocibles de la película.

Gran parte de las escenas nocturnas fueron filmadas de día y posteriormente oscurecidas en laboratorio, una técnica que permitió controlar la iluminación y reforzar la sensación de irrealidad. El resultado es una textura visual que contribuye decisivamente al carácter onírico del film.

En su distribución internacional, la película fue presentada en algunos países bajo el título The Black Cat, lo que generó confusión con el relato de Edgar Allan Poe. A pesar de no existir relación directa, ambas obras comparten la idea de una culpa que regresa de forma obsesiva, un paralelismo que ha sido señalado por varios estudiosos.

Con el paso de los años, Kuroneko ha sido reivindicada por cineastas contemporáneos como una influencia decisiva en la representación poética del horror, consolidando su lugar como una obra de referencia dentro del fantástico de autor.

Kuroneko se revela, con el paso del tiempo, como una de las formulaciones más hondas y perturbadoras del cine fantástico, no por la violencia explícita ni por la espectacularidad de sus imágenes, sino por la forma en que convierte el horror en una meditación sobre la memoria, la herida y la imposibilidad de cerrar aquello que ha sido destruido sin reparación. Bajo su apariencia de relato de fantasmas ambientado en el Japón feudal, la película articula una elegía oscura sobre un mundo donde la violencia se ha normalizado hasta convertirse en estructura, donde el pasado se niega a desaparecer y regresa una y otra vez bajo nuevas formas.

La tragedia de sus protagonistas no reside únicamente en su muerte, sino en su retorno. Convertidas en espectros, no encuentran liberación en la venganza, sino una prolongación de su condena. El acto de castigar no restituye lo perdido, no devuelve la dignidad arrebatada ni repara la herida original; tan solo confirma la persistencia de una injusticia que ha quedado inscrita en la historia. En este sentido, el fantasma no es una anomalía sobrenatural, sino la forma que adopta el dolor cuando no encuentra respuesta en el mundo de los vivos.

Desde una perspectiva contemporánea, Kuroneko dialoga con una realidad marcada por la transmisión de traumas colectivos, por la repetición de violencias que se heredan de generación en generación. La película sugiere que ninguna sociedad puede avanzar sin enfrentar sus heridas, y que aquello que se intenta silenciar regresa bajo formas cada vez más inquietantes. El horror, aquí, no funciona como espectáculo, sino como conciencia persistente, como un recordatorio de que la memoria reprimida siempre encuentra la manera de reaparecer.

La obra de Kaneto Shindō trasciende así los límites del género para situarse en un territorio donde lo fantástico se convierte en una herramienta de reflexión histórica y moral. Su belleza sombría no suaviza el impacto de su mensaje, sino que lo intensifica, obligando al espectador a contemplar una violencia que no puede ser relegada al pasado. En esa tensión entre elegancia formal y devastación simbólica se encuentra la fuerza duradera de una película que sigue interpelando al presente.

En su último gesto, Kuroneko no ofrece consuelo ni promesa de redención. Su mirada permanece fija en la herida, sin permitir que se cierre. Y es precisamente en esa negativa donde reside su potencia más profunda: en recordarnos que el miedo no nace de lo desconocido, sino de aquello que, aun siendo conocido, preferimos no ver.


BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES

El estudio de Kuroneko se ha consolidado como una referencia imprescindible dentro del cine japonés de posguerra y del fantástico de autor, donde el horror se articula no como espectáculo, sino como una forma de duelo histórico. Uno de los textos fundamentales para comprender esta dimensión es Japanese Horror Cinema, de Jay McRoy, que sitúa la película de Kaneto Shindō en una tradición donde lo sobrenatural funciona como expresión simbólica de traumas colectivos. McRoy analiza Kuroneko como una obra en la que la violencia de la guerra se reconfigura en forma de fantasma, convirtiendo la venganza en una prolongación del dolor.

Los trabajos de Donald Richie, especialmente A Hundred Years of Japanese Film, permiten contextualizar la película dentro de la evolución del cine japonés moderno. Richie subraya cómo Shindō transforma el folclore en una herramienta crítica, alejándolo del exotismo para convertirlo en un espacio de reflexión sobre la memoria, el cuerpo y la pérdida. Su lectura destaca el uso del silencio y del espacio como elementos narrativos esenciales.

Desde una perspectiva más centrada en la obra de Shindō, el libro Kaneto Shindō: A Life in Cinema, de Joan Mellen, ofrece un análisis detallado de su filmografía y de sus obsesiones temáticas. Mellen señala Kuroneko como una de las expresiones más depuradas de su interés por las víctimas invisibles de la historia y por la persistencia de la violencia en la vida cotidiana.

Los estudios sobre el kaidan eiga (cine de fantasmas japonés) aportan un marco adicional para entender la película. Autores como Noriko T. Reider han explorado cómo las figuras espectrales encarnan tensiones sociales y de género, una línea de lectura que resulta especialmente fecunda para interpretar el papel de las dos mujeres como símbolos de una memoria que se resiste a desaparecer.

Por último, los artículos publicados en revistas como Sight & Sound y Cineaste, junto con entrevistas a Kaneto Shindō, han contribuido a consolidar una lectura de Kuroneko como una obra profundamente política, donde el horror se convierte en una elegía por las víctimas anónimas de la guerra. Estas fuentes permiten situar la película no solo como un clásico del fantástico, sino como una de las reflexiones más conmovedoras sobre la herida histórica en el cine del siglo XX.


CARTELES





FICHA TÉCNICA

Título original: Kuroneko
Título en España: El gato negro
Año: 1968
País: Japón
Duración: 99 minutos
Formato: 35 mm
Color / Blanco y negro: Blanco y negro
Relación de aspecto: 2.35:1 (TohoScope)
Sonido: Mono

Dirección: Kaneto Shindō
Guion: Kaneto Shindō
Producción: Kaneto Shindō
Estudio: Kindai Eiga Kyōkai
Distribución: Toho

Fotografía: Kiyomi Kuroda
Dirección artística: Hiroshi Mizutani
Diseño de producción: Hiroshi Mizutani
Montaje: Toshio Enoki
Sonido: Mitsuo Yabuki

Música: Hikaru Hayashi

Reparto principal

— Nobuko Otowa — Shige
— Kiwako Taichi — Shige (la madre)
— Kei Satō — Gintoki
— Kenzō Kawarasaki — Hachi
— Taiji Tonoyama — Jitobei

Idioma original - Japonés

Localizaciones y rodaje

— Rodada en estudios y exteriores de Japón
— Bosques y caminos rurales recreados en plató para las escenas nocturnas
— Uso extensivo de decorados expresionistas, niebla artificial y bambúes para crear un espacio irreal y onírico

Estreno — Japón: 1968

Distribución — Toho (Japón)



TRAILER